Todos los caminos llevan a ROMA

Ahora me acuerdo de aquél gol de Bakero en 1992 en Kaiserslautern; me acuerdo de cómo lo celebré, dónde lo celebré y con quién lo celebré. Han pasado muchos años pero, a partir de esta noche, ya no se me olvidará el gol de Iniesta en Stamford Bridge, nunca, ese momento en el que de repente surgió lo imprevisto y Andrés la pegó con toda su alma y la puso en la escuadra.

Lo malo es que ahora me dan ganas de escaparme al primer bar de la esquina y castigarme la razón con un buen mexcal, y cantar las 3 primeras estrofas del himno del barça, que son las únicas que me sé, y abrazarme a unos cuantos culés exiliados, aunque sean desconocidos, pero en vez de eso me tengo que conformar con escribir unas cuantas sensaciones para soltar la tensión del partido. Algo es algo.

Y no me canso de quitarme el sombrero ante Pep, el de Santpedor, al que sentencié en septiembre como no apto para entrenar al barça; ahora entiendo que no valgo para otra cosa que para abonado del plus y que deberé seguir sosteniendo el lapicero en mi oreja derecha por mucho tiempo, pero hoy tengo un pellizco de felicidad de esos que la vida te da pocas veces.

Ahora falta rematar las 3 faenas, y ya sabemos que predecir es muy complicado, especialmente si es sobre el futuro, pero hoy no quiero discutir sobre eso, hoy sólo quiero perder los papeles e irme a la cama a dar mil vueltas sobre la almohada con una sonrisa de perfil.

Qué grande Andrés, qué grande.


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