Ayer fui a escuchar a Vicky Gastelo en concierto. Fue en la Sala Clamores de Madrid, la que dicen que es la hermana pequeña de Galileo. La sala estaba llena. Con mucha gente joven. De la que todavía no va en taxi a todas partes.
La de ayer era nuestra segunda vez. La primera fue precisamente en Galileo, hace ya más de dos años. Entonces nos empezábamos a conocer, pero aquello fue un flechazo, un hechizo a primera vista.
Ayer no. Ayer ya sabía a lo que iba. A escuchar canciones que salen únicamente del fondo. Del fondo de los mares. Y que van a parar justo al sitio donde más falta te hace.
Son sólo canciones, es verdad, pero disfrazadas de pedazos de vidas. De unas vidas que te parece ya has vivido antes, o que acabarás por vivir aunque no quieras. Porque con sus letras transmite espacios personales. Suyos, pero, sobre todo, nuestros.
Unas veces cuenta sólo historias que empiezan. Otras son historias que se acaban. Unas veces son historias que acaban de empezar y, otras, de las que empiezan a acabarse.
Pero siempre son composiciones dedicadas a los voluntarios que les gusta ponerse la carne de gallina con la música. Esos que, cuando se olvidan de todo, se acuerdan de sus melodías.
Si le das una oportunidad te darás cuenta que las canciones de Gastelo no son de carne y hueso; por eso, para sentirlas, tienes que dejar que te golpeen por dentro. Debes bajar la guardia y desprevenirte de tus problemas, sobre todo si son imaginarios.
Si lo consigues, te invadirá una placentera sensación de paz, de bienestar sereno, y te atrapará la sinrazón. Entonces, por un segundo eterno, te dará igual el futuro y el pasado, el bien y el mal.
Gastelo se ha colado por la rendija que abrió Antonio Vega hace treinta años. La misma en la que vive cómodamente instalado Quique González. Una rendija por la que entra una luz que ciega y destruye las insatisfacciones rutinarias.
Al final del concierto celebramos con Vicky la Bien Aparecida en el santuario de Clamores. Fue una forma especial de celebrar el día de Cantabria en el exilio, en la Diócesis madrileña.
Para colmo, entre los asistentes al concierto, estaba el hermano del Vega. Carlos. El de la lucha de gigantes más especial y emotiva de cuantas haya cantado nadie.
Hablar con él fue como acercarse de nuevo al maestro, como ir de nuevo tras el reflejo de su vida. Porque Carlos es tan allegado y afín a Antonio que, con cualquier gesto o tono de voz, te dice más de lo que pueden decir sus palabras.
Me transmitió serenidad. Su cara no era alegre, pero sí que se advertía en ella un matiz de los que queda fijo para siempre en el rostro de quienes se sienten orgullosos del triunfo de alguien cercano, seguros de que es reconocido por todos.
La fiel escudera Ro Ri participó en primera persona de las mismas sensaciones. Quizá, por ello, la noche de ayer sea aún más difícil de olvidar.
♫ Si ahora me voy de quién serán
las pisadas que oirás llegar
no existe nada por lo cual
yo te pueda cambiar ♫







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