La crónica con mayúsculas vendrá después. Es la esperada contracrónica nocturna oficial del Shatto. Pero este camión de la basura no se para ante nada y, siempre que se escuchan conversaciones al pie de las barras fijas de los bares, renacen las ganas de narrar esas historias con perfiles esperpénticos propias del gran Ayala, ésas que se depositan en el fondo de los vasos.
Y eso que a otros les empieza a preocupar más cómo llegar a fin de mes que el ron de Cuba o el whisky de Palazuelos. Y a uno, que no es de piedra, le afecta, y el maridaje del blog con las palabras biensonantes pasa por una crisis creativa.
Ayer, superado con creces el reglamento del aparentar, nos reunimos en sesión extraordinaria un ramillete de exs dispuestos a exagerar lo imprescindible. Y lo conseguimos. Porque ya tenemos más años que promesas por cumplir. Y porque ya nos rendimos lo mismo ante los reyes que ante las sotas.
Y es que ya no somos esos jóvenes serios que iban de puerta en puerta, como en santa misión, repartiendo folletos de amor y haciendo prosélitos imposibles. Ahora preferimos que las cosas nos salgan a la segunda. Preferimos recomprar nuestra alma al diablo. Preferimos compartir sandeces y confesar que no hemos pecado.
Por eso solemos compartir risas y ginebras azules de marca. Como ayer; que a cada paso nos encontramos con las más bellas y simpáticas mujeres de la comarca, de ésas con las que es tan agradable hablar como callar. Y callamos. Y hablamos. De lo mundano y de lo vano. Justo hasta que el principiante terminó su tarea; hasta que el mago hizo desparecer la tristeza. Hasta que el juez sentenció por fin su juicio paralelo.
Y yo, por momentos, deseé que la eternidad empezara allí mismo; quise parar tu reloj y cambiarlo todo por un chalet amueblado en el cielo, de ésos que subastan los bancos y que encierran pequeñas tragedias de impagos continuados y de relaciones de desamor; de letras pequeñas y de responsabilidad eterna.
No sé qué matemático dijo que el goce, si es auténtico, está en la búsqueda de la verdad, y no en encontrarla. Y ayer, mientras la encontrábamos, nos consolamos con la ironía que siempre tenemos en la punta de la lengua, con esa lógica insensata que tanto nos gusta.
Pero hubo que despedirse. Con una napolitana salada de postre. Y hasta nos lanzamos unas sonrisas de perdón absolutamente inmerecidas.
Pues hasta otra. Que sea, por lo menos, como fue ésta.






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