Y papá se puso encima de mamá otra vez

Dan ganas de escribir una crónica del partido en plan sucesos, pero con un toque ejemplificador. Como si fuera una historia de culpas y redenciones. Como si fuera una novela de pudores en las que no tuvieran importancia ni los lugares geográficos, ni los ambientes, ni los paisajes, sino sólo los estados de ánimo. Como el mío de ahora mismo, una especie de eternidad razonable.

Y como la historia la escribo yo, pues me guardo en el subconsciente un sitio especial para el puto amo. El del campo. Para Leo Messi. Porque hoy ha vuelto a dejar claro quién es el mejor. Sin posibles comparaciones y osadías. Sin adulterios convencionales. Sin malentendidos. Sin sambenitos. Sin mesuras. Sin coartadas.

Y con una estética difícil de abandonar. De las que te gusta saborear como si fuera un licor de vida. Como si fuera una tregua a vida o muerte. Pero ahora me contento con celebrar la victoria sacando a pasear al patán que llevo dentro.

Grande Leo. Grande. Ya está a remojo el Balón de Oro 2011.




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