Dos años sin Antonio Vega


Este es un blog donde no hace falta fingir demasiado. Con lo justo vale. Y por eso las emociones siguen estando permitidas. De momento. Ahora sólo falta transformarlas en palabras.

Porque el mismo día en el que mucha gente celebra su cumpleaños, el 12 de mayo, a otros nos da por celebrar una macabra onomástica. En realidad no es un festejo. Se parece más a una necrológica dulce, a una fecha ‘mortal y rosa’. Es como un día tristemente feliz, de sol frío.

Y es así por lo que se esconde detrás del dolor de una pérdida, pero dulce a la vez por lo que te sobra al recordar aquellos buenos momentos que te pasabas ‘vegando’. Solo y en compañía de otros.

Antonio Vega Tallés murió a los 51 años un día como hoy de hace ya dos años; y yo podría haberme olvidado; o podría escudarme en la falta de tiempo, o podría limitarme a mirar hacia el cielo desde el purgatorio.

Pero es que la muerte sólo tiene importancia para los que seguimos vivos. Y por eso pienso celebrar este día el resto de mi vida, a mi manera, reviviendo lo vivido, escuchando las viejas nanas del chico triste y solitario, y derramando en su memoria algunas letras como las de antes.

Así me parece que el lamento por su ausencia se transforma temporalmente en su misma presencia. Es como si al reescribirle me proporcionara una calma con forma de ronda celestial. Quizá sea sólo una manera egoísta de intentar embellecer mi mundo. O quizá sea porque escribir es precisamente como no estar en el mundo.

Pero la única realidad es que el Vega se nos fue, y lo hizo avisando, a plena luz del día; y con su marcha nos dejó un profundo rastro, todo un escaparate de sueños por cumplir. Sueños que también valen de guía para los recién llegados, pero que para los de siempre constituyen una banda sonora con letra de himno generacional.

Es verdad que la vida de Antonio era incompatible con la vida; es verdad que se dedicó a vivirla sin sentido práctico, a la espera de la hora decisiva, sin pretensiones de inmortalidad. Pero, seguramente por eso, infinidad de veces consiguió meter la eternidad en el espacio de un pentagrama, en composiciones que carecían de pudor para contar la desgracia, sin llevar la sensibilidad hasta la sensiblería.

También es verdad que, al apagarse la música, acostumbraba a no admirarse, y entonces solía aparecer su parte más atormentada. Incluso, cuanto más alto se escuchaba el rumor de los halagos de sus seguidores, con más fuerza los juzgaba como malentendidos.

Por eso hoy resucito el viejo tópico de quedarme sólo con su voz entre otras mil, con su sentimiento y con las melodías de desesperación que nos hacen entender mejor el mundo. Porque la finalidad de las canciones no es forzar que las cosas te salgan bien, sino que te suenen a alguna verdad conocida.

Y hoy, como cada 12 de mayo, vuelvo a gritar, para poder sentir su soledad, para seguir tatareando en paz las mismas canciones de siempre, ésas que compuso sin aspiraciones de moda. Y me conformo con recibir como respuesta un atronador silencio en forma de buenos recuerdos.

Dicen que a veces el dolor se equivoca de persona. Yo no sé si es mentira o simplemente no es verdad, pero a mí me suena muy bien para el caso del Vega, y como además me encanta el eco de las palabras que no tienen eco, vuelvo a dar mi brazo a torcer cuando se trata de rimas que no riman, de las que te invitan a descubrir alguna verdad por ti mismo.

Y, aunque supiera, este recuerdo al Vega no lo traduciría jamás a versos, porque el reflejo que me dejan sus canciones ya se parece por sí solo a los más grandes poemas de desamor.

Hasta otra, maestro.

SiempreVega

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